| Polémica en torno a ciertos transplantes de órganos |
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| Publicado por Armando Menéndez |
| Viernes 07 de Noviembre de 2008 13:02 |
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El País publica esta noticia sobre ciertas prácticas clínicas en los EE.UU. Puede ser ilustrativa para todas aquellas personas interesadas en los aspectos morales de los transplantes de órganos o en la definición técnica de muerte.
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La noticia que cuelga Armando Menéndez sobre el trasplate infantil de corazones procedentes de pacientes declarados muertos por muerte cardiaca corre a cargo de la periodista Milagros Pérez Oliva. He de señalar de antemano que la noticia está brillantemente escrita y resulta extremadamente interesante, pues muestra que los cimientos del actual modelo legal para determinar la muerte se están tambaleando.
En Estados Unidos, como en España y en los demás países tecnológicamente desarrollados, se puede morir de dos formas. La más común es la muerte por fallo cardíaco: el corazón deja de latir, unos minutos después deja de bombearse sangre al cerebro y se interrumpe la respiración espontánea. La otra forma de morir reconocida por la ley es la llamada muerte cerebral: alguien recibe un disparo o un traumatismo en la cabeza, o un infarto cerebral, unos minutos después deja de respirar, deja de llegar sangre oxigenada al corazón y finalmente éste se para. Como se observa, la muerte cardíaca genera la muerte cerebral y la muerte cerebral genera la muerte cardíaca y respiratoria. Esto ocurre así en circunstancias normales, no si se ponen los medios para que el corazón siga latiendo y el cuerpo respirando. Esto último es lo que se consigue al aplicar los respiradores automáticos a pacientes que se encuentran en muerte cerebral: evitan que la sangre oxigenada deje de circular por el organismo y evitan que el corazón se pare. Es así como se consigue mantener "funcionando" durante horas, días y semanas organismos que tienen el cerebro destruido, que nunca recobrarán la conciencia, pero cuyos órganos siguen estando "frescos" para ser trasplantados en otro paciente. Desde los años 70, la muerte cerebral se aceptó como un criterio legal de la muerte para que los pacientes en ese estado pudieran ser donantes de órganos. Así lo reconoció abiertamente el organismo promotor de la muerte cerebral, el Comité Ad Hoc de la Muerte Cerebral, en un informe publicado en 1968 que se ha hecho famoso por su enorme trascendencia.
A partir de los años 70, casi la totalidad de los donantes de órganos han sido pacientes en muerte cerebral, cuyos corazones laten pero que tienen el cerebro destruido. Desde mediados de los años 90, ante la escasez de órganos para trasplantes y las crecientes listas de espera, diferentes países, entre los que se incluye España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra u Holanda, han reconsiderado el criterio de muerte cardíaca como un posible criterio de idoneidad para la donación de órganos. Desde entonces, son muchos los pacientes que, habiendo sido declarados muertos por haber padecido un fallo cardíaco irreversible, han sido donantes de órganos.
El caso de Denver da un paso más, pues muestra que alguien que es declarado muerto por un criterio cardíaco puede ser donante de corazón. Dedíquese diez segundos a pensar esto último. El corazón cuya parada, supuesamente irreversible, convierte a un paciente en un cadáver-donante de órganos puede ser trasplantado en otro paciente y darle años de vida. ¿Cómo puede ser que el órgano que "mata" a un paciente pueda dar la vida a otro?
Como señala Milagros Pérez Oliva en su artículo, esto ha sido posible reduciendo al máximo el tiempo de espera desde que se produce la parada cardíaca hasta que tiene lugar la extracción de órganos. Cuanto más se espera, el órgano no perfundido con sangre oxigenada se debilita más y menos posibilidades tiene de implantarse con éxito en el receptor. Por eso, el protocolo de Denver opta por esperar menos de los 5 minutos aconsejados antes de proceder a la extracción. Si se esperan esos cinco minutos, se podrían salvar otros órganos, como los riñones, que tardan mucho más en deteriorarse, pero no el corazón. Esperando dos minutos o menos, el equipo de extracción se asegura de que el paro cardíaco no es completamente irreversible.
Algunos autores, entre los que se incluyen R. Arnold, S. Youngner (que recomendaron un tiempo de espera de 5 minutos en una conferencia de consenso decisiva que tuvo lugar en Maastricht sobre la donación en asistolia) creen que lo decisivo no es que el latido cardíaco pueda o no ser revertido. Lo decisivo es asegurarse que entre el paro cardíaco y la extracción transcurre un tiempo suficiente como para asegurarse de que el cerebro ha dejado de estar irrigado. Esto es fundamental, pues nadie estaría dispuesto a extraer órganos de alguien consciente, por mucho que se supiera que su corazón ha dejado de latir.
El protocolo de Denver me parece éticamente incorrecto, pero no sólo porque haya una incoherencia palmaria al permitir que un corazón "mortal" pueda "salvar" la vida a otro paciente, sino porque para que sea lícita la extracción de órganos uno debe asegurarse de que el cerebro no siente ni percibe nada, algo de lo que no pueden estar seguros los médicos de Denver, a no ser que hayan decidido anestesiar, por si acaso, a esos "cadáveres" antes de la extracción. Ahora bien: ¿qué razonamiento podría justificar la anestesia de un cadáver?