| ¿¿Dignidad de la muerte natural?? Sobre argumentos falaces en bioética |
|
|
| Publicado por Txetxu Ausín |
| Domingo 23 de Noviembre de 2008 17:38 |
|
Siguiendo con el agudo comentario de Antonio Casado al ‘Manifiesto por el derecho a una muerte natural’ quiero expresar aquí algunas perplejidades con relación a dicho documento: 1.- Abundando en lo ya dicho, resulta inescrutable qué sea eso que los autores del manifiesto denominan ‘muerte natural’, como si fuera algo claro, diáfano, definido de antemano, fuera de discusión. Estamos demasiado acostumbrados a que el calificativo de ‘natural’ sirva de coartada para los más diversos propósitos. Y resulta especialmente falaz si lo aplicamos al ser humano, a su vida y a su muerte. Si algo caracteriza la evolución humana es la ‘mediación’ y la ‘transformación’ que toda la vida humana experimenta por mor de la enorme plasticidad y capacidad adaptativa del ser humano; esto es, por su ‘cultura’ frente a su sustrato biológico. Así que hablar de ‘muerte natural’ resulta como poco un contrasentido pues ¿es ‘natural’ que un niño muera por una diarrea en África’ ¿Es ‘natural’ vivir con válvulas cardíacas artificiales o con cualquier otra prótesis, desde las simples gafas a las sofisticados implantes nanotecnológicos que se están experimentando? ¿Es ‘natural’ atajar enfermedades infecciosas que provocarían la muerte mediante antibióticos? ¿O es ‘natural’ prolongar la agonía de un cuerpo ya exhausto y sin conciencia mediante tecnologías de soporte vital? En verdad que los promotores de este manifiesto deberían conocer un poco más la filosofía de la ciencia para no incurrir en estos errores de bulto. No hay ‘muerte natural’ ni ninguna pretendida ‘naturalidad’ en el morir, ni en el vivir. ‘Curar’ o ‘aliviar’ como objetivos de la medicina ante la enfermedad, como afirma el manifiesto, son todo menos ‘naturales’; suponen mediación, técnica, intervención, … 2.- Pero más allá de lo anterior, igual perplejidad me causa el uso (y abuso) del término ‘dignidad’ en este manifiesto y, en general, en todo el debate bioético (no olvidemos que los defensores de la despenalización de la eutanasia y del suicidio asistido alegan de modo similar el ‘derecho a morir dignamente’). Esta crítica no es algo nuevo; remite a un artículo ya clásico en bioética de Ruth Macklin y, más recientemente ha sido considerada por Diego Gracia en su trabajo “¿Es la dignidad un concepto inútil?”. Su conclusión es clara: Más allá de atender a la ‘dignidad’ como un meta-concepto ético, en la argumentación y en el debate bioéticos habría que prescindir al máximo de un concepto tan difuso como poco práctico. Así que hablar de la ‘dignidad’ referida a la ‘muerte natural’, como hace reiteradamente el manifiesto, es un sinsentido. 3.- Sobre la ‘autodeterminación’ personal: El derecho a la autonomía del paciente, a que las preferencias y opciones del afectado por un tratamiento médico sean tenidas en cuenta, es un derecho reconocido legalmente en España (como en otros muchos países) y no algo supuesto (ley 41/2002). Claro, que ‘autonomía’ no supone disponer de la vida de uno como le plazca. La libertad no es un derecho absoluto y debe ser ponderada con otros en conflicto, con los intereses de terceros afectados, con otros bienes catalogados como protegibles, etc. Sin embargo, que la ‘autonomía’ no ocupe una cúspide infranqueable en el olimpo de los valores no significa que haya que prescindir de ella (lo cual supone un auténtico daño moral). Y me resisto a creer que los autores del manifiesto aboguen por no tomar en cuenta esta autonomía, por no respetar las preferencias voluntarias y reflexionadas de un paciente ante el hecho fundamental de su vida: la muerte. 4.- Efectivamente, la potenciación de los cuidados paliativos es una exigencia moral y social ante una medicina cada vez más tecnificada que concibe la muerte como un fracaso y que por ello se intenta postergar lo máximo posible. Nos encontramos con una situación nueva de tal modo que la muerte, que antes se consumaba en pocas horas, días o a lo más meses, se puede retrasar notablemente. Y a la conciencia de la muerte, que generalmente ha sido traumática y amenazadora para el ser humano, se une ahora un nuevo temor fácil de reconocer socialmente: El temor al ‘mal morir’, el miedo no sólo al dolor y al sufrimiento, sino además a quedar atrapado en un sistema médico sumamente tecnificado. Más aún, como reconoce el manifiesto, no habría que incurrir en el ‘encarnizamiento terapéutico’ hasta extremos injustificables para la práctica médica (epígrafe 6). Pero esto es contradictorio con la afirmación tajante y absoluta de que la vida del ser humano no puede estar sujeta a gradaciones (epígrafe 2). ¿En qué quedamos? La condena de la obstinación terapéutica no se adecua a la afirmación absoluta de la vida humana, sea cual sea su estado o condición. Por no hablar tampoco de la sedación, orientada al alivio del dolor en las fases terminales de una enfermedad pero que puede contribuir a la aceleración del proceso de morir (si bien, no hay que olvidarlo, el origen de la muerte es la patología que sufre el paciente). Y en este contexto de ‘valoración’ de la situación de la agonía, del necesario cuidado físico y psicológico del enfermo terminal, ¿no sería mejor dejar la puerta abierta para ayudar a morir y que el sujeto pueda controlar en cierto modo esos momentos en condiciones de humanidad, compasión y alivio del sufrimiento? En definitiva, la despenalización de la eutanasia y del suicidio asistido médicamente no se plantea como ‘alternativa’ a los cuidados paliativos sino, en todo caso, como un complemento, en algunos casos poco frecuentes donde los cuidados paliativos se manifiestan como insuficientes o inaceptables para pacientes que desean mantener algún sentido de control sobre las circunstancias de su muerte. No sólo se trata del control del dolor o de otros síntomas físicos (náuseas, falta de aliento, incontinencia, úlceras), sino de las pesadillas, los delirios, la pérdida de la individualidad y, en general, del sufrimiento, que es un asunto más existencial que meramente físico. En estas situaciones, el suicidio asistido constituiría una última opción, un último recurso, un complemento de los necesarios e insustituibles cuidados paliativos de calidad. 5.- La exhortación final del manifiesto dice lo siguiente: “una sociedad que acepta la terminación de la vida de algunas personas, en razón a la precariedad de su salud y por la actuación de terceros, se inflige a sí misma la ofensa que supone considerar indigna la vida de algunas personas enfermas o intensamente disminuidas.” Otra falacia. Si se defiende la aceleración de la muerte no es por la precariedad de la salud del afectado sino precisamente por respeto a sus preferencias, a su voluntad. Con esta afirmación los autores pretenden colar la falsa idea de que una despenalización de la eutanasia y del suicidio asistido médicamente provocaría muertes no voluntarias de enfermos, ancianos o discapacitados (pendiente resbaladiza). Los datos demuestran (Júdez 2007) que la práctica del suicidio asistido y de la eutanasia, allí donde está regulada, pautada y protocolizada, no ha conducido a abusos y prácticas injustificadas. Nunca se explica cómo razones que apoyan el suicidio asistido (la autonomía del individuo o la compasión) van a justificar muertes que ni son compasivas ni respetan la autonomía los individuos. No tiene sentido comparar un ‘riesgo de daño’ —la eventual inducción y práctica de asesinatos soterrados— con un ‘daño real’ —el que de hecho sufren quienes solicitan la ayuda para morir. Más aún, puede aducirse el argumento de precaución de evitar las eutanasias “involuntarias” para justificar precisamente la legalización del suicidio asistido y la eutanasia voluntaria activa puesto que otorgaría una mínima seguridad jurídica para las relaciones clínico-paciente en los procesos de terminalidad, evitando en estos casos la arbitrariedad más absoluta, la opacidad y la clandestinidad. 6.- Dejo para el final un comentario de índole general sobre la “motivación” del manifiesto. El texto se presenta como una respuesta “ante las intensas presiones que se ejercen sobre la opinión pública española, para inducirla a consentir la legalización del suicidio asistido y la eutanasia”. Pues bien, resulta un sarcasmo esta afirmación cuando la sociedad española ha venido soportando y sufriendo la presión de una moral religiosa (la católica) que se ha venido imponiendo de modo inclemente desde antiguo (baste recordar la Inquisición) pero que si nos remontamos a nuestro pasado más reciente ha venido tutelando a la sociedad española en materias de moral social cuando esta sociedad, y muchos de los católicos que forman parte de ella, resulta mucho más plural y está muy alejada de su doctrina (los datos del CIS sobre aceptación de la eutanasia y del suicidio asistido son elocuentes por lo que respecta a la cuestión aquí tratada). En este sentido, una despenalización de la eutanasia y del suicidio asistido, reglada y protocolizada, no obligará a ningún defensor de la ‘dignidad de la muerte natural’ a adoptar dichas prácticas de modo que podrá seguir disfrutando de la santificación por el dolor y el sufrimiento sin ninguna intromisión por parte del estado o del resto de la sociedad; esto es, podrá seguir ejerciendo el saludable valor de la libertad y la autonomía personales. Como dijo el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián: “Jesús no tuvo cuidados paliativos” (sic).
Esto es un Comentario de "¿Muerte natural?"
|
Los contenidos de este portal están bajo licencia de Creative Commons.2008 Dilemata
Con el apoyo del Proyecto Intramural Especial (CSIC) "Actualidad de las éticas aplicadas"



