A propósito de Te doy mis ojos de Iciar Bollaín[1].

María José Guerra. IUEM de la ULL

Mi objetivo aquí es reflexionar sobre los cambios sociales – de índole teórica y práctica – que han llevado, como expresa Ana de Miguel, de referirnos al maltrato de las mujeres por parte de sus parejas como un mero “drama personal” que, cuando acababa en asesinato, los medios de comunicación tildaban de “crimen pasional”[2]-, a la formulación de un problema social, transversal a las distintas clases sociales y condiciones culturales, que hemos denominado como violencia de género[3]. Todo ello servirá de antecedente al análisis de la película Te doy mis ojos de Iciar Bollaín dedicada al tema. El papel del cine en nuestra sociedad alimenta una opinión pública crítica. Comentamos y discutimos sobre películas constantemente. El cine no sólo intenta reflejar la sociedad, sino que pergeña imaginarios nuevos a partir de los viejos. El caso de Icíar Bollaín es el de una creadora comprometida en reflexionar, en su trayectoria fílmica[4], sobre las transformaciones sociales que afectan a las mujeres y a los hombres. Pero, antes de entrar en mi interpretación de Te doy mis ojos, hace falta presentar algunas cuestiones básicas sobre las dificultades de abordar la violencia de género.

Contra el patriarcado: el cambio social feminista.

La violencia ha estado normalizada y naturalizada por unas relaciones sociales desiguales entre hombres y mujeres y por un modelo de relación sentimental basado en la exclusividad y la posesividad que no reconoce la libertad de las mujeres – ni la económica o social, en muchas ocasiones, ni, sobre todo, la afectivo-sexual -. Ha sido un logro importantísimo separar conceptualmente la violencia de género de la llamada violencia familiar o doméstica. Lo más relevante no es el lugar dónde ocurre, ni la institución que queda afectada, aunque los otros miembros de la familia, especialmente, los hijos e hijas sean también víctimas, sino el visibilizar las relaciones de dominación entre los sexos[5] cuyo fundamento es socio-cultural. Parejas que aún no son familia o que lo han dejado de ser tras separaciones y divorcios son incluidas en esta definición. Novios o ex parejas son, desgraciadamente, protagonistas de estos episodios e historias de maltrato y asesinatos. La pareja, inserta o no en la familia, es un escenario privilegiado de la violencia de género, pero esto no evita que la violencia sexual fuera del hogar, especialmente, las violaciones, el acoso sexual en el trabajo, el tráfico de mujeres y la prostitución forzada, u otras violencias institucionales o simbólicas, queden fuera de foco. Pierre Bourdieu explica en La dominación masculina las dimensiones simbólicas, muchas de ellas automáticas e inconscientes, de este aspecto estructurador de lo social, tanto de los cuerpos como de las instituciones[6]. Sólo podemos explicar este fenómeno social desde la categoría “género”[7], tal es su poder configurador de identidades masculinas y femeninas. Sólo lo podemos analizar desvelando la pseudojustificación sexista de la agresión: “ella me provoca”[8].El sistema transcultural que pretende asegurar la supremacía masculina ha sido denominado como patriarcado y lleva décadas siendo analizado desde las ciencias sociales y la filosofía que han adoptado la perspectiva de género.  El patriarcado muestra variaciones a lo largo del planeta y hoy nos conmueven las restricciones, las agresiones y la violencia institucional, inspirada a menudo en la violencia simbólica y religiosa, que sufren mujeres de otros enclaves culturales y geográficos –matrimonios arreglados de menores, crímenes de honor, apartheid sexual como en Arabia Saudí, etc.-. Sin embargo, la matriz ideológica, esto es, el aseguramiento de la supremacía masculina y de los privilegios sexuales y culturales de los varones, es la misma que la del patriarcado occidental de raíz griega y judeocristiana que se ha alimentado históricamente de mitos – de Eva a Pandora, por las que entró el mal en el mundo, y contando con la figuración cristiana de la maternidad callada y abnegada de una María sumisa a su hijo y carente de identidad propia-,  de historias y narraciones – del Don Juan seductor e impenitente de sexualidad incontenible a La fierecilla domada o el Otelo de Shakespeare pasando por toda la tradición misógina incluyendo a, en apariencia inocentes,  cuentos infantiles tan dudosos como La Bella y la Bestia- , de la filosofía y de las ciencias – desde Aristóteles para quien la hembra humana era un varón imperfecto- y, finalmente, de la política pues, hasta hace bien poco, se les ha denegado a las mujeres los derechos básicos y el estatus de la ciudadanía.
Tantos siglos de referencias culturales sesgadas no se terminan de un plumazo, no son meramente externas a nosotros y a nosotras, sino que constituyen y estructuran, de modo automático, nuestras emociones y nuestra cognición. Por eso, es necesario abrir espacio y tiempo para la autorreflexividad individual y social orientados por los valores ilustrados de libertad e igualdad para todos los seres humanos. En consonancia con esto, la tarea de los estudios de género ha sido, desde hace más de tres décadas en analizar las dinámicas económicas, sociales y psicológicas que reproducen, cultural e institucionalmente, las asimetrías entre los dos sexos.  La llamada socialización de género, la construcción social de la feminidad y de la masculinidad, alimentada hoy, sobretodo, por los estereotipos de los medios de comunicación, sigue teniendo un impacto considerable al modelar los deseos individuales para que encajen con las expectativas hegemónicas de género - las niñas quieren ser princesas[9] y esperan a desorientados príncipes azules, y los niños superhéroes, cultivando un sentido narcisista que genera  una falaz omnipotencia y desanima la resistencia a la frustración-. A pesar de las luchas políticas y culturales por la igualdad de las mujeres que el movimiento feminista - del que no se hacen eco, suficientemente, los manuales de historia-, ha desarrollado durante los dos últimos siglos, a partir de pedirle coherencia a la Ilustración que decretaba la dignidad de todo ser humano, para luego, vía leyes y costumbres, denegar derechos a la mitad de la humanidad, el cambio social es todavía insuficiente y precario. La agenda feminista primero pidió derecho a la educación y derechos políticos, sobre todo el voto, por eso hablamos del primer feminismo liberal como sufragismo. Esta agenda liberal hoy sigue abierta con la reivindicación de la paridad en todas las instituciones y órdenes sociales. Del diálogo entre feminismo y socialismo surgió la agenda social que denunciaba que las mujeres no accedían a la igualdad laboral – brecha salarial, paro femenino, acoso sexual en el trabajo,…-y que cargaban con una doble jornada de trabajo dentro y fuera de casa. Las demandas de un estado del bienestar que provea las necesidades sociales y familiares del cuidado de infantes, enfermos y ancianos siguen abiertas y es un asunto clave de la política en la cada vez más envejecida Europa[10]. Finalmente, del feminismo radical de los años sesenta y setenta del siglo pasado se reclamaron derechos sexuales y reproductivos. Frente a la demanda de auto-control de la sexualidad y reproducción de las mujeres, las fuerzas más hostiles al cambio social siguen dando su batalla alimentada por el repunte de numerosos fundamentalismos religiosos defensores de la abnegada feminidad tradicional.Pero, ¿por qué en dos siglos de lucha política de las mujeres por la igualdad ha costado tanto conceptualizar y nombrar la violencia de género cuando es claramente una vulneración de derechos básicos como el respeto a la integridad corporal y psíquica y a la vida de las personas?

Visibilizar, conceptualizar y nombrar la violencia de género: un asunto político.

“El uso de la expresión “violencia de género” es tan reciente como el propio reconocimiento  de la realidad del maltrato a las mujeres. Es significativo que hasta muy avanzado el siglo pasado no se encuentre ninguna referencia precisa a esa forma específica de violencia en los textos internacionales, salvo acaso como expresión indeterminada de una de las formas de discriminación contra la mujer proscrita por la Convención de Naciones Unidas de 1979. Sólo, a partir de los años noventa, comienza a consolidarse su empleo gracias a iniciativas importantes tales como la Conferencia Mundial para los Derechos Humanos celebrada en Viena en 1993, la Declaración de Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer del mismo año, la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (1994) o la Conferencia Mundial de Mujeres de Beijing (1995).”[11]
He consignado la cita anterior para contextualizar la emergencia de una terminología y un problema social de dimensiones globales que se ha expresado, con evidente tard[12]anza, como demanda política en el marco normativo de la defensa de los derechos humanos. Y que en cada país, ha recorrido una trayectoria diferente. Esta reconceptualización que traslada lo que se consideraba un problema privado a la agenda política y, por lo tanto, a la discusión en la esfera pública no se podría entender sin el concurso de la teoría feminista como teoría crítica de la realidad social y del movimiento social que ha estado impugnado la “normalidad” y la “naturalidad” de las desigualdades existentes entre los sexos. Ana de Miguel para dar cuenta de esta transformación teórico-práctica va a hablar de praxis cognitiva que consiste en subvertir y deslegitimar los códigos culturales dominantes en paralelo con exigencias políticas de acciones y leyes que se orienten normativamente hacia la igualdad. Estas acciones y leyes son sólo el producto final de luchas personales y políticas, las más de las veces, invisibilizadas socialmente por los massmedia y el conocimiento oficial puesto que implican cuestionar la comodidad establecida por estereotipos y roles sexistas normalizados. No quiero dejar de decir que cuando, finalmente, se llega a consensos sociales amplios contra la violencia de género, la reacción antifeminista sigue viva alentando una visión negativa de estos logros que intentan, con muchas limitaciones - porque la experiencia de la intervención social y jurídica en este campo es una novedad histórica-, y de forma transversal y multisectorial, detener,  con los medios del Estado de Derecho, las agresiones  y las muertes. Éstas  derivan de un fenómeno social fuertemente arraigado y el poner las bases educativas para prevenirlo, creando algo tan difícil como un “sentido común alternativo”[13], que frente a la tradición cultive el igualitarismo, no es tarea fácil. El hacer visible la violencia contra las mujeres ha sido  muy complicado. La investigación histórica feminista recupera ahora la identificación de la situación de las mujeres en el matrimonio con la misma esclavitud. Ann Wheeler y William Thompson, en 1825, dictaminaban que frente al abuso y la violencia de los maridos su desprotección era total.  Su referente era el de las  mujeres inglesas de clase media. La impunidad tras el maltrato,  incluso, tras los asesinatos, ha sido la norma y lo es todavía en muchos países del mundo. Repasar la biografía de Flora Tristán, por ejemplo, autora de La unión obrera y activista del siglo XIX relevante por su lucha por la justicia social, nos sirve para ilustrar el infierno que tenían que vivir las mujeres luchando por la separación, huyendo con sus hijos, ante la consentida socialmente brutalidad de los maridos[14]. Pero, a decir de Ana de Miguel, lo significativo va a ser el silencio en el mismo movimiento sufragista preocupado, sobre todo, por acceder a la ciudadanía política y al voto.  Tras el agitado período de las dos guerras mundiales y la recuperación económica de los años cincuenta del siglo XX, se necesitaba un revulsivo, tras el logro de la ciudadanía, para visibilizar como problema social el fenómeno de la violencia de género. Cuando el feminismo radical, de las décadas de los sesenta y setenta, asume que “Lo personal es político” se allana el camino para comprender que la violencia de género tenía que ver no con la mala suerte de topar con un marido brutal, sino con un sistema de dominación culturalmente asentado en la violencia simbólica de la socialización de las mujeres en un modelo de feminidad basado en la inferioridad y la obediencia que, no obstante, requería no sólo del uso puntual de la violencia, sino de esta como “instrumento de intimidación constante”[15].  Kate Millet va a señalar uno de los peligros, que hoy vemos proliferar, al interpretar la violencia de género sólo en relación con la patologización del agresor. Esta visión patologizadora, no sólo es, en la mayoría de los casos, falsa, sino que sirve para despolitizar la cuestión de la violencia contra las mujeres. No obstante, desde el feminismo, el interpretar al maltratador como delincuente responsable de sus actos va a ser algo históricamente muy difícil. El feminismo radical nace del pensamiento de izquierdas y va a asumir que la socialización masculina es el problema: el condicionamiento social del individuo, de ese “hombre tan normal” en parte, lo exculpa. La enferma y criminal es la sociedad y no el individuo. De hecho, lo habitual en denuncias de maltrato o violación – cuyo miedo condiciona estructuralmente la conducta de las mujeres limitando su libertad- hasta hace muy poco era la culpabilización de la víctima, a la que se hacía responsable de disparar la violencia o la sexualidad agresiva masculina. Esta opción, la de descargar de la culpa al agresor, era más plausible en los años sesenta y setenta que ahora, tras más de cuarenta años de revolución cultural y política feminista a favor de la igualdad. Ningún varón ni ninguna mujer pueden considerarse como troquelados por el patriarcado sin interferencias feministas. La exigencia a los varones es que objeten su socialización tradicional y se resocialicen en el igualitarismo. Nadie objeta que este proceso desestabiliza las identidades de hombres y mujeres, pero el cambio social siempre conlleva tensiones y requiere revisar activamente, tanto individual como socialmente, los propios sentimientos e imágenes del mundo.  Hoy, un gran sector del feminismo ha acabado por revisar la violencia de género en torno al  modelo del derecho penal: como ciudadanas, las mujeres exigen al estado que proteja las vidas de las mujeres amenazadas. Frente al utopismo antiestatalista de los sesenta y los setenta, que soñaba bienintencionadamente con la eliminación de cárceles y sanatorios mentales, el feminismo ha tenido que rendirse al realismo sociológico - con una infinidad de polémicas que no cesan  y que no puedo resumir aquí- de que los consensos sociales contra la violencia de género se expresen a través del derecho penal. No es desdeñable ni el valor simbólico de la ley, que también sirve para educar en un sentido común igualitarista, ni tampoco el acabar con la impunidad ante el delito más frecuente y persistente en nuestra sociedad y en otras.Igual de abominables que los crímenes racistas u homófobos son los crímenes sexistas, aquellos, que, como razón última, pretenden mantener a una mujer en una situación de aislamiento social, dependencia económica, deprivación extrema de autoestima, y que, a veces, culmina en agresiones físicas y asesinatos. Uno de los errores es sólo concentrarnos en la violencia física descarnada y olvidar los otros tipos de violencia que sirven para controlar y sojuzgar al otro. Hoy nos enfrentamos, a pesar de los avances, a muchos debates sobre la dirección a seguir. Uno que me parece especialmente difícil es el que intenta optar entre criminalización  o patologización. Evidentemente, como ya decíamos, hay casos patológicos, pero, lo más aterrador es que, en su inmensa mayoría, hombres normales –buenos vecinos, buenos amigos y buenos trabajadores- sean la mayoría de los delincuentes y que se ciernan tantas dudas sobre las posibilidades de reeducación de las terapias para maltratadores, uno de los temas que es central al tratamiento cinematográfico de Iciar Bollaín. Otra cuestión enormemente relevante, es si la gestión institucional de este fenómeno – basado en el derecho penal y los rendimientos terapeúticos de la psicología que son absolutamente necesarios para las víctimas- sirva para despolitizar  un problema que requiere de un enfoque social preventivo basado en la crítica de los modelos culturales hegemónicos de masculinidad y feminidad. La educación para la igualdad, en la mayoría del sistema educativo, sigue estando fuera del currículo de la escuela. Los medios de comunicación y en especial la publicidad siguen invitando a los jóvenes a modelos de imagen personal, pero, también, a imaginarios sentimentales asimétricos y sexistas. La lucha cultural contra el sexismo es ahora la asignatura pendiente. El cambio social feminista exige que seamos conscientes de revisar nuestras concepciones previas y nuestros sentimientos más arraigados. Se necesitan, pues, nuevos modelos identitarios que se reconozcan y recreen códigos igualitarios. La tensión entre los viejos  y nuevos modelos de feminidad y masculinidad será uno de los ejes estructuradores de la película Te doy mis ojos. En ella Iciar Bollaín y Alicia Luna, las guionistas, recrean en su obra el papel del cine como crítica social.

Feminidades y masculinidades: juego de tensiones

El cine, las películas, son objetos culturales que se valen de diversos códigos expresivos para, en ocasiones, revelar y desvelar las ficciones sociales en las que estamos atrapados[16]. El cine puede ser un arma de crítica social o puede reforzar modelos y estereotipos hegemónicos colaborando con los patrones de dominación establecidos. Hoy por hoy, frente al reiterativo cine comercial –o superhéroes o enredos romanticoides- , muchos creadores exploran las tensiones de la vida contemporánea, en especial,  como en el caso de Te doy mis ojos, las tensiones ligadas al cambio social feminista.  El maltrato a la mujer, tal como enunciaba una de las pioneras españolas en este campo, ha sido una cuestión incomprendida[17]. El sentido común tradicional ha dictaminado que “algo habrá hecho ella”, “siempre me provoca” o que “mi marido me pega lo normal”.  Y, sin entender ni el vínculo afectivo-sexual y su poder, ni cómo la tortura continuada mina la autonomía de las víctimas, ni como a las mujeres se les ha inculcado el ser las guardianas del hogar y responden a la subordinación que impone la socialización de género, la mayoría ha contestado, indignada, y hasta hace bien poco, despachándose contra mujeres atrapadas en estas situaciones por no ponerles fin. Hoy vemos que las que optan por ponerle fin- el apoyo familiar y social es decisivo y, también el institucional- están muchas veces amenazadas por ex parejas que no aceptan que se cuestione su potestad  de someter a “su” mujer clamando al cielo y a la sociedad: “la mate porque era mía”. Pero, vayamos a la película.Pilar y Antonio son una pareja con un niño. Ella es ama de casa. Él, vendedor de electrodomésticos. Su nivel cultural es básico. Viven en un barrio de clase trabajadora. La película empieza revelándonos lo más difícil de entender: el miedo de Pilar. Coge a su hijo y huye a casa de su hermana Ana. Antonio la busca y las imágenes nos transmiten la intensa ambivalencia afectiva cuando él le pide que vuelva. En el apoyo de Ana, hermana que, frente al silencio de Pilar, descubre lo que pasa y no comprende sus decisiones - quiere ayudarla, pero se impacienta-, y luego, en el del grupo de amigas que conoce a través del trabajo, estará la posibilidad de afrontar la situación y romper con Antonio. No obstante, hasta casi el final de la película Pilar no puede hablar de lo que le está pasando. La narración discurre, a continuación, tras los regalos de Antonio, que corteja a Pilar como si fueran novios de nuevo, con el restablecimiento de la relación y la convivencia y, poco a poco, a pesar de los esfuerzos de Antonio al hilo de la terapia para “cambiar”, el ciclo de la violencia se volverá a desatar. Los desencadenantes serán la independencia vivencial de Pilar en torno a sus amigas, su nuevo trabajo y el aprendizaje de la belleza de los cuadros del museo, que culminará en su esfuerzo por labrarse un futuro profesional. Las imágenes pictóricas contrapondrán a la Dolorosa, con las Tres Gracias o con otras hermosas mujeres  gozosas de la mitología griega – Dánae penetrada por la lluvia de oro en que Zeus se transmutó-. Frente a la riqueza vital y relacional que va atesorando Pilar, Antonio vive en un desierto social y familiar, está solo – ante su familia sólo muestra resentimiento- y sólo tiene a Pilar, de la que desconfía celosamente. Incluso su relación con su hijo muestra, en la escena del juego del fútbol, una pobreza y una reiteración estéril. Sólo aprovecha para sonsacarle, para preguntarle si su madre ha conocido a otro hombre. El desenlace final de la película será la humillación de Pilar a la que se desnuda brutalmente y la empuja a salir así a un balcón. El comentario es el siguiente: “Así te podrán ver todos”. Antonio no logra entender el placer que el aprender y el trabajar tiene para Pilar. Sólo domina la ira, su autodesprecio y la desconfianza. Al día siguiente, la automutilación de Antonio – “si te vas, me mato”-, es la reacción a que Pilar puede ya expresar, por fin,  que ya no lo quiere, porque, al final de su transformación personal, se percata,  de que no se puede querer a quien te controla, te amenaza, te pega. En suma, no se puede querer a quién te hace sufrir.Pilar y Antonio están atrapados en el ojo del huracán del cambio de roles sexuales y enfrentan de forma muy contrastada esta situación. No pueden estar a salvo de las referencias igualitaristas que para Pilar va a encarnar Ana, su hermana profesional de la restauración artística, y que, para Antonio, representara un psicólogo, un terapeuta que intenta que explicite sus sentimientos, controle su ira y acepte el amor de Ana en una relación de igual a igual. Lo primero, en esta línea, y las cinco escenas referidas a la terapia lo avalan, es deslegitimar el maltrato. Bollaín hace un retrato feroz, dulcificándolo con el humor y la ironía, de los “hombres normales”: incapaces para comunicar ideas y sentimientos así como refractarios a abandonar sus creencias acerca de que “sus” mujeres están para proveerlos de cuidados domésticos y servicios sexuales. Parece que no hay nada más allá del futbol y la cerveza. Sólo se atisba un rayo de esperanza. Un único personaje, en el contexto de la terapia de grupo, habla de su conversión y pone sobre la mesa el terror: “un día me pase.” El contrapeso del modelo tradicional y empobrecido de masculinidad es John, el escocés, novio y luego marido de Ana, que representa la masculinidad igualitarista- lava los platos, cuida y juega con los niños, toca música,…- que representa la esperanza y el futuro. El haber recurrido a un europeo para este papel de contraste transmite la idea de que para llegar a una sociedad igualitaria queda mucho por hacer en esta España de hoy.En la película, el papel de la madre de  Pilar, la heroína moderna de esta narración, representa la feminidad tradicional – su matrimonio la convirtió en otra mujer sufriente, otra Dolorosa- y defiende la continuidad de las parejas, incluso ante el maltrato. El imperativo es “no meterse”.  En resumen, Ana, la joven hermana,  representa el “sentido común alternativo”, una joven profesional que se va a casar, “impropiamente”, según su madre, por lo civil con el simpático John, que va a ser, como ya adelantábamos, el contrapunto igualitario de Antonio, el maltrador atormentado y firmemente atado, en sus sentimientos que no atina a comunicar, a una masculinidad tradicional  que exige la subordinación resignada de su esposa. He decidido plantear este magro análisis de personajes en torno a las tensiones que Pilar y Antonio soportan. Antonio no puede cambiar, lo intenta, pero está tan afianzados sus ideas y sentimientos tradicionales acerca de lo que debe ser una pareja, que el proceso queda truncado. Nos queda la duda, en paralelo a la evolución de Pilar que, tras discusiones con su hermana y madre, se decanta por el imperativo de “dejar de aguantar” y cambia, de si Antonio tuviera un medio social y familiar que apoyará este cambio y, por ejemplo, rompiera con los bloqueos emocionales que manifiesta, si las cosas pudieran ser de otra manera. ¿Cómo cambiar creencias y sentimientos que constituyen la propia identidad?  En mi generación, que era adolescente a la muerte de Franco, este cambio se ha producido y se puede explicar social y culturalmente. Hemos pasado del ideario de la Sección Femenina a pensar que mujeres y hombres son libres e iguales a través de complejas transformaciones culturales y sociales para las que hace falta tejido asociativo, opinión pública crítica, libros, películas, reflexiones,… Y, sobre todo, enfrentando y resolviendo tensiones creativamente.El caso es que no hay perfil de víctima, ni hay perfil de maltratador. Cada caso, será un mundo, no obstante, Bollaín y Luna, las escritoras de esta historia nos dan cuenta de la elaboración positiva de las tensiones entre modelos de feminidad y de pareja por parte de Pilar y de la enorme dificultad para que Antonio logre “reinventarse” a través de resocializaciones igualitaristas.  Parece decirnos, es mi modesta interpretación, que Antonio no tiene “recursos” emocionales, cognitivos y sociales para lograr dejar atrás su viejo yo machista. No obstante, es difícil reducir una película tan compleja e intuitiva a una mera moraleja.A partir de esta historia, delicadamente contada por una película dura y a la vez tierna, tan seria y lúgubre como conviene al caso, pero con innumerables destellos de ironía y humor –salir de casa en zapatillas,…-, y bellamente enmarcada por un luminoso Toledo que acaba, frente a Madrid, representando el peso de la tradición provinciana, tenemos un interesante punto de partida para enfrentar los debates acerca de las dificultades y ambivalencias que el fenómeno de la violencia de género plantea en nuestra sociedad española. El análisis de los personajes, desde la óptica de las representaciones de género, de las masculinidades y feminidades en liza, nos permite enfrentar las esperanzas y obstáculos hacia una concepción igualitaria de las relaciones entre mujeres y hombres. No olvidemos que esta lucha, que este cambio social, se está cobrando demasiadas víctimas y que es una responsabilidad moral y política implicarnos en esta durísima cuestión.  Te doy mis ojos arroja el guante a los hombres, planteándoles cómo pueden cambiar y abandonar el machismo secular. No va a ser una casualidad que uno de los temas más vivos de nuestro futuro próximo sea el análisis de las diversas y plurales masculinidades. El ánimo crítico no debe cesar.   

TE DOY MIS OJOS

 

Ficha técnica

Dirección: Icíar Bollaín.
País: España.
Año: 2003.
Duración: 106 min.
Interpretación: Laia Marull (Pilar), Luis Tosar (Antonio), Candela Peña (Ana), Rosa María Sardà (Aurora), Kity Manver (Rosa), Sergi Calleja (Terapeuta), Dave Mooney (John), Nicolás Fernández Luna (Juan), Elisabet Gelabert (Lola), Chus Gutiérrez (Raquel), Elena Irureta (Carmen).
Guión: Icíar Bollaín y Alicia Luna.
Producción ejecutiva: Santiago García de Leániz.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: Carles Gusi.
Montaje: Ángel Hernández Zoido.
Dirección artística: Víctor Molero.
Vestuario: Estíbaliz Markiegi.
Estreno en España: 10 Octubre 2003.     
http://www.labutaca.net/51sansebastian/tedoymisojos.htm