dilemata32 PortadaDigitalización y salud

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La digitalización en el ámbito de la salud plantea numerosas preguntas que van más allá de la mera aparición e implementación de nuevas tecnologías. Esas tecnologías digitales precisan de una revisión interdisciplinar para poder estudiar a fondo sus efectos. El mero aspecto técnico ya precisa de diferentes enfoques que permitan apoyar un desarrollo sostenible y ético de las mencionadas nuevas tecnologías. Se hace preciso tener en cuenta a todas las personas afectadas o participantes para que los desarrolladores no se limiten a crear algo que satisfaga sus objetivos y permita generar a corto o medio plazo beneficios. Lo que sucede cuando no se tiene en cuenta este enfoque lo podemos ver si observamos el desarrollo de lo que se conoce como el Internet de las cosas (IoT), caso en el que se ha desarrollado la tecnología sin llevar a cabo ningún tipo de análisis de impacto. También habrá que tener en cuenta las interacciones entre seres humanos y máquinas; se deben valorar todos los grupos de personas afectadas (pacientes, cuidadores, médicos, enfermeras?) y decidir cómo debe ser esa interacción. Habrá que decidir si las máquinas deben apoyar a las personas cuya actividad profesional se desarrolla en el ámbito de la salud o, si como se está observando en muchos casos, el objetivo es que esas personas sean sustituidas por máquinas. No menos importante será valorar qué competencias son necesarias para los profesionales del ámbito de la salud. Este tema va más allá de mejorar las competencias digitales y debe valorar qué competencias analógicas se deben mantener independientemente de nivel de digitalización que se alcance. Un ejemplo: si se avanza en la implantación de la Inteligencia Artificial en la Radiología, hasta el punto en el que el médico se limitará a administrar los resultados, ¿qué sucede si se cae el sistema, seguirá siendo capaz el médico de realizar un diagnóstico? Y, como nos podemos imaginar, la digitalización supone un aumento del volumen de datos tratados pero no garantiza un mantenimiento del nivel alcanzado en materia de Protección de Datos y Seguridad Informática. Un reto esencial residirá en la implantación de diferentes evaluaciones de impacto que garanticen niveles adecuados en lo que afecta a la ética, los derechos fundamentales y la ciberseguridad. 

En este número se abordan diferentes cuestiones relacionadas con la digitalización en el futuro de la salud. Se estudian los efectos de la medicina digital en el ámbito de la salud, se presentan terapias alternativas como la humanista y se estudia el fenómeno de la medicina narrativa, se valoran los aspectos éticos de los cuidados de una población en acelerado proceso de envejecimiento y se valoran los problemas que la digitalización plantea en la relación entre médico y paciente. También se presenta un posible modelo de evaluación del impacto ético en el ámbito de la salud y se presentan los efectos que la implantación de sistemas libres puede tener en la digitalización.La idea de los valores en el servicio público y del papel de la ética en la gestión pública y en el buen gobierno están recogidos en la contribución de Óscar Diego, mientras que la integridad y las buenas prácticas científicas en la universidad son objeto del análisis de Itziar de Lecuona, a partir de las experiencias en la Universidad de Barcelona.

Este número incluye como es habitual reseñas de libros y se cierra con una entrevista a Luis Falcón, médico, informático y fundador de GNU Solidario.La cuestión de la ampliación de la comunidad moral, más allá de la humanidad, hacia los otros animales y la naturaleza, es un asunto que ha sacudido la reflexión ética contemporánea y que ha tenido una presencia constante en nuestras páginas. En este número, Alejandro Villamor defiende la tesis de que las políticas de protección de los entornos naturales no deben ser llevadas a cabo por una suerte de valor intrínseco de los mismos, sino en aras del beneficio colectivo de todos los seres que poseen determinados estados mentales o bien la capacidad de sufrir y disfrutar. 

Ricardo Morte Ferrer, Editor Asociado
LI2FE

Txetxu Ausín, Editor
IFS-CSIC

Sin embargo, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en su informe sobre el Desarrollo Humano 2011, el Congo de Joseph Kabila figura el último de los 187 países clasificados. El número de pobres en ese país es abrumador. El tema de la pobreza en el antiguo Zaire en este siglo XXI es un escándalo social.

La creencia de que la globalización es la clave para la reducción de la pobreza no es así en la Republica Democrática del Congo, y lo demuestran los datos. Con un PIB de 300 dólares per cápita, cerca del 60% de la población congoleña vive con menos de 1 dólar al día. Los beneficios que se obtienen de la explotación de minerales, principal fuente de ingresos del país, representan el 60% del PIB (Renta Nacional Per Cápita), pero no se reflejan en la vida diaria de los congoleños. La mayor parte del dinero se evade en los bolsillos de unos pocos. Esto incrementa cada vez más la brecha entre los pocos ricos congoleños y la inmensa mayoría de la población pobre. La desigualdad entre ricos y pobres dentro del país es desvergonzada. Chalets de lujo con flamantes coches en la Gombe, un barrio de la capital y al lado, miles de pobres que viven en chabolas y no tienen nada para comprarse el pan. La situación congoleña es dramática.

¿Cómo es posible que haya pobreza extrema en un país con tanta riqueza como el Congo, con grandes cantidades de diamantes, oro, cobre, cobalto, coltán, etc? Los intereses económicos y la corrupción han convertido ese país de Grandes Lagos en un campo de batalla y saqueos. Las organizaciones de Derechos Humanos insisten en que los Estados Unidos, Bélgica, Canadá, China, etc., principales destinatarios de los minerales congoleños, sobre todo el coltán (abreviatura de columbita y tantalita, un metal utilizado en el sector de las nuevas tecnologías y especialmente necesario para la fabricación de teléfonos móviles) y las multinacionales que comercian con éste, están financiando los conflictos en el Congo. Un país cuya economía depende principalmente de los recursos minerales, está sujeto a la corrupción, gobiernos autoritarios, conflictos entre bandas armadas, etc.

La inestabilidad política del Congo es de hecho buen negocio para los países ricos, las multinacionales y los dirigentes congoleños. Les beneficia mantener el statu quo de un sistema escandaloso que cada año cuesta la vida a millones de personas y que incrementa tremendamente el número de los pobres en el Congo. Dentro del país, esta situación vergonzosa ha contribuido a la concentración de la riqueza en manos de unos pocos, es decir, del gobierno y unos pocos empresarios. Sin embargo ha incrementado la pobreza del resto de la población. El silencio de las Naciones Unidas y la Comunidad Internacional ante los fraudes en las últimas elecciones no sorprende a nadie. Es una prueba más de la voluntad de estos de mantener los regímenes corruptos en el poder para sus propios intereses.

Los congoleños no necesitan la caridad de la Comunidad Internacional, sino la justicia. Que los pobres se beneficien en la misma proporción que los pocos ricos del crecimiento per cápita de la economía del país. “Lo más importante para el pueblo congoleño es mejorar las condiciones de vida y la paz social", dijo el martes 20 de diciembre, Alex Josué Mukendi, uno de los diez candidatos de la oposición en las elecciones presidenciales del 28 de noviembre de 2011. Lo dijo en respuesta al discurso inaugural del Presidente Joseph Kabila, reelegido para un mandato de 5 años.

Si el crecimiento económico no se traduce en mejores condiciones de vida para los congoleños, estamos lejos de alcanzar los Objetivos de Desarrollo para el Milenio (ODM). Y si los intereses egoístas de los países ricos, de las multinacionales y los regímenes autoritarios, siguen ocupando el primer plano, los Objetivos de Desarrollo para el Milenio son una utopía. En el Congo hay recursos para todos, pero mal repartidos. Estamos de acuerdo con Thomas Pogge cuando dice que el problema de la pobreza y desigualdad en el mundo es de origen moral. El caso del Congo lo demuestra.