La incertidumbre como antídoto
para las desconfianzas
e irresponsabilidades patológicas
propias de nuestra era digital*

Roberto R. Aramayo

Instituto de Filosofía del CSIC / GI TcP

roberto.aramayo@csic.es

“Si alguien es lo bastante osado como para hacerse pasar por taumaturgo, este conquistará al pueblo y le hará abandonar con desprecio el bando de la Filosofía, cuya tarea es desmentir esa fuerza mágica que se les atribuye de un modo supersticioso y rebatir las observancias ligadas a ella. Es como si el encomendarse pasivamente a tan ingeniosos guías dispensara de toda iniciativa propia, al procurar la enorme tranquilidad de alcanzar con ello los fines propuestos”

(Immanuel Kant, El Conflicto de las Facultades; trad. Roberto R. Aramayo)

1. Solitarias cavernas digitales

Desde la noche de los tiempos el ser humano ha convivido con supercherías que condicionaban su cabal conocimiento de las cosas. El mito platónico de la caverna lo ilustra muy bien. Si alguien lograba salir al exterior y ver el mundo a plena luz, los acostumbrados a las apariencias del interior de la cueva no creerían lo que pudiera contarles quien había visto el original, porque sus ojos estaban tan acostumbrados a las tinieblas que no eran capaces de imaginar cuanto sucedía en el exterior y a plena luz, más allá de sus estrechos márgenes epistémicos.

La parábola platónica de la caverna puede adaptarse a muchas épocas, como sin ir más lejos la nuestra. Hacinados en grandes urbes donde impera una soledad no deseada (Moscoso y Ausín 2021) entre sus moradores (tema estudiado por Txetxu Ausín y Melania Moscoso, dicho sea de paso), buena parte de los mismos habitan su propia caverna digital (Echeverría 2014), aun cuando estén hiperconectados (Zafra, 2010). Se aíslan en unas burbujas que carecen de ventanas y no se abren a nada que no confirme cuanto han decidido creer previamente. Cualquier argumentación solida que pudiera poner en jaque a sus premisas tan sólo sirve para hacerles porfiar y no dar su brazo a torcer.

El problema es que nosotros mismos contribuimos decisivamente a fortalecer ese bucle, al ser cooperadores necesarios de nuestra propia manipulación -por utilizar la formulación que destacó una entrevista publicada en Ethic (Cardiel 2022). Los bandoleros que acechaban para desvalijarle al viajero que transitaba caminos poco vigilados, ya no necesitan esconderse. Más bien al contrario, pugnan con sus rivales para ser los más conocidos y captar el mayor número de usuarios. Esas grandes corporaciones que controlan las aplicaciones más al uso nos roban gracias en parte a nuestro concurso una información harto valiosa, sin la que sería mucho más difícil controlarnos como lo hacen.

Al navegar por internet vamos dando permisos, por pura desidia, para que se puedan registrar datos relativos a nuestras aficiones, tendencias y hábitos. Ciertamente Google y otras plataformas del mismo porte parece conocer nuestras preferencias mejor que nosotros mismos. Es un juego perverso. Al exponer sin trabas nuestro ámbito íntimo (son interesantes a este respecto las reflexiones de Javier Echeverría y Remedios Zafra en sus Conferencias Aranguren: Zafra 2010 y Echeverría 2010), facilitamos que puedan acceder a la ciudadela interior de nuestras convicciones más profundas e incluso las vayan formateando en una eficaz dinámica de retroalimentación. Finalmente creeremos pensar lo que se nos ha inducido a considerar, al injertar determinadas consignas en las raíces de nuestras facultades epistémicas, gracias a haberles franqueado las puertas de nuestro jardín emocional más recóndito, cuyo paisaje quizá ni siquiera sea conocido tan al detalle por nuestros allegados más próximos.

2. Los vastos confines de la realidad virtual

Nuestros dispositivos digitales van recibiendo mensajes y recomendaciones confeccionados ex profeso para nuestras manifiestas inclinaciones. Nos dejamos programar como si fuéramos robots que precisan de algoritmos para sus cálculos. Además, la realidad virtual va ganando tiempo y espacio. Dedicamos más horas al móvil que a pasear. Enviamos mensajes cortos todo el rato, pero ni siquiera hablamos por teléfono con quienes antes lo hacíamos y resulta toda una proeza organizar un encuentro amistoso para platicar en persona. El confinamiento de la pandemia sólo enfatizó una deriva que se diría sin retorno, salvo que tomemos buena nota de sus consecuencias y reprogramemos nuestros hábitos.

Ya planea sobre nuestras cabezas la tentación de colonizar como pioneros el Metaverso, ese mundo virtual que nos hará creernos dentro de una caverna virtual, donde las apariencias cobrarán carta de naturaleza para suplir a la realidad. Incluso se podrán realizar compras para revestir a nuestro avatar y amueblar nuestra mansión digital.

Todo ello sin frecuentar un fumadero de opio, sino utilizando diversas prótesis digitales para engatusar a nuestra percepción sensitiva e intelectual. Esto nos aislará aún más de nuestros congéneres y del universo natural que amenaza nuestra depredación, lo cual nos hará sensibilizarnos menos ante la emergencia climática, puesto que podremos controlar la meteorología de nuestro hogar virtual. De igual modo nos interesarán menos los planes urbanísticos y el ridículo tamaño del minúsculo apartamento en que habitemos físicamente. Andaremos tan contentos con los juegos inducidos de nuestra imaginación. Bendita sea la caja de zapatos que valía para jugar a mil cosas en el mundo real y ese libro que hacía volar nuestra imaginación, convirtiéndonos en coguionistas, directores e interpretes de cuanto leíamos.

En este contexto, se buscan certidumbres dogmáticas, cuando lo que nos hace plenamente humanos es justamente la incertidumbre. La modernidad se inaugura con esa duda metódica que nos plantea Descartes. Hay un escepticismo metodológico que resulta clave para comprender la Ilustración y del que deberíamos tomar buena nota (Wagner y Aramayo 2022), porque nos inmuniza contra la intolerancia del sectarismo. Conviene ser eclécticos y ampliar los horizontes de nuestra panorámica vital. En su artículo “Eclecticismo” de la Enciclopedia Diderot escribe que: “El ecléctico es un filósofo que, pisoteando los prejuicios, la tradición y el argumento de autoridad, se atreve a pensar por sí mismo”.

No es otra la divisa kantiana para caracterizar al movimiento ilustrado. Como dejó dicho Herder, a sus alumnos Kant les hacía pensar por cuenta propia, como también hace con sus lectores. Su lema es atreverse a utilizar las propias entendederas. El célebre sapere aude! significa literalmente “saber escuchar”. Parece poca cosa, pero resulta fundamental para las democracias liberales y deliberativas que pretendan posibilitar una convivencia pacífica entre pueblos e individuos. Nuestro discernimiento necesita nutrirse de nuevos argumentos a favor y en contra para poder juzgar.

Sólo una hipotética divinidad omnisciente podría estar en posesión de verdades absolutas e inmutables. El ser humano necesita intersubjetivizar sus juicios con los demás para establecer conclusiones provisionales y susceptibles de verse mejoradas con datos ulteriores bien contrastados que maticen las tesis previas. Por esa razón la ciencia sólo puede avanzar con un ritmo lento, al tener que asegurarse del rigor de cada paso y de pisar terreno firme. Las revelaciones instantáneas emanadas de una instancia superior sólo valen para el fenómeno religioso. Cada cual es muy dueño de aceptar uno u otro credo, siempre que no intente imponérselo a los demás o arbitrar con ello la vida pública.

3. Desconfiar críticamente de las certezas absolutas

Conviene por tanto desconfiar de las verdades reveladas en la esfera pública. Desde luego no tienen cabida en el ámbito científico, pero tampoco dentro del terreno ético-político. La investigación científica tiene unos protocolos muy rigurosos que no admiten atajos. El contrato social que reposa bajo una constitución política es fruto de un consenso y debe verse renovado mediante disensos constructivos, pero no admite la intromisión de irrefutables líderes mesiánicos cuya pretensión sea convertir su palabra en ley. Los criterios éticos deben emanar de nuestra conciencia moral y tampoco admiten sagrados códigos inalterables. Desconfiar de las certezas absolutistas resulta fundamental en estos tres campos.

Esa desconfianza metodológica inspira una confianza en los resultados de la ciencia, unos principios éticos que tengan una validez universal para conjugar nuestros intereses con los ajenos y no instrumentalizarnos como si fuéramos meras cosas con un valor mercantil, e igualmente unas reglas políticas que nos permitan alcanzar las mayores cotas de libertad e igualdad sin perjudicar a nuestros conciudadanos al perseguirlas. No hay conjuros mágicos que puedan arreglarlo todo en un santiamén. Se trata de una labor cotidiana e infinita el mantener los avances científicos, asimilar las pautas éticas y ejercer el noble arte de la política para gestionar los recursos públicos.

Las apariencias intentarán imponerse para darnos gato por liebre. Teorías pseudocientíficas que nos cautiven por su pura extravagancia, imposturas que pretenden hacerse pasar por principios morales y una propaganda política que lo reduce todo a descalificar al adversario para encubrir una clamorosa falta de iniciativas. Tenemos que salir de nuestras cavernas digitales y airearnos un poco para ventilar nuestras ideas.

4. Las avalanchas desinformativas

Nunca hemos tenido tanto acceso a semejante volumen de información. Ese alud informativo nos empacha y logra sepultar nuestro buen juicio, el cual queda por tal avalancha des-informativa. Si hubiera basculas para pesar nuestra obesidad informativa no serían capaces de cuantificar tamaño sobrepeso y los espejos arrojarían una imagen poco feliz de nuestros michelines des-informativos. De ahí que convenga hacer ayunos intermitentes y hacer descansar a nuestras neuronas de semejante bombardeo desinformativo. Tanta sobre-des-información altera nuestra macrobiota epistémica y desquicia nuestro equilibro emocional. Es obligado ponerse a dieta y seleccionar cuidadosamente los productos que decidamos ingerir como alimento epistémico. Lo más excitante conllevará los mismos efectos que una comida demasiado salada o una golosina excesivamente dulce. Puede crear adicción y perjudicar mucho al organismo.

En cierto sentido, es una pésima noticia que se imponga hacer proliferar con la máxima urgencia las agencias de verificación y los códigos éticos para partidos políticos o cualesquiera otras instancias. Resulta patético que deban desmentirse a cada paso descabellados bulos estrafalarios. Es preocupante hacer solemnes declaraciones relativas a que los pájaros no sean drones diseñados para espiarnos, cuando lo suyo sería inquietarse porque desaparezcan las aves al esquilmar sus hábitats naturales. Las teorías conspiranoicas (Wagner 2020) han tenido siempre mucho predicamento, al subyugar nuestra imaginación y conferirnos una mayor importancia de la que se nos otorga realmente. Pero la novedad es que ahora logren propagarse a una velocidad inusitada y resulte tan complicado desmontar tantos trampantojos.

Por grotescas que sean, o acaso por eso mismo, esas fabulaciones van replicándose con una rapidez que no puede alcanzar una réplica bien fundamentada. Quien da primero da dos veces y aquí está claro quien corre más. Por supuesto, las agencias de verificación hacen una tarea encomiable y que por desgracia resulta cada vez más imprescindible. Aunque también asistimos con estupor a que sus destinatarios permanecen imperturbables. Los más exitosos dan por buenas incluso las contradicciones, lo cual revelaría una mera enfermedad psiquiátrica de no encontrarnos ante una grave patología social que nos atañe a todos.

Aunque se les confronte con declaraciones anteriores en sentido contrario, algunos políticos o malhechores consideran más eficaz no reconocer ningún error y huir siempre hacia delante, practicando también aquello de que la mejor defensa es un ataque. Pillados en falta, lejos de abochornarse y rendir cuentas, cambian de tema o justifican a ultranza sus desmanes, convirtiendo en héroe al villano. Lo malo es que tales imposturas acaban por verse recompensadas electoral o económicamente y tampoco suelen acarrear consecuencias para sus protagonistas, que salen indemnes del trance y ni siquiera dejan huella, porque un escandalo viene a eclipsar al anterior.

Acostumbrados a utilizar Twitter sus declaraciones no sobrepasan ese número de caracteres, limitándose a repetir machaconamente un par de ingeniosos eslóganes ideados para calar muy hondo en términos emocionales y burlar a nuestras facultades epistémicas. Este procedimiento no busca el diálogo ni un sosegado intercambio de ideas. Tan sólo pretende impartir consignas que puedan ser coreadas o puestas en práctica por un colectivo de seguidores incondicionales, dispuestos a defenderlas contra viento y marea de un modo fanático.

5. Trincheras maniqueas e irreconciliables

Los parlamentos parecen cobijar trincheras y francotiradores, más que unos representantes electos cuya obligación es alcanzar acuerdos para solucionar problemas. En lugar de ser estos los protagonistas, muchos políticos acaparan los focos mediáticos con sus propios avatares, como si rodaran los capítulos de una serie televisiva. Esto genera una enorme desafección por parte de la ciudadanía hacia unos partidos políticos que focalizan toda su atención en sí mismos, descuidando lo que debería ser su autentica función. De ahí que sea noticia el simple anuncio de disponerse a escuchar, cuando esto debería ser lo suyo para quienes pretenden representar a sus conciudadanos y hacerlo de forma no paternalista, claro está.

Esa contra-ejemplaridad repercute luego en unos atónitos ciudadanos que se ven obligados a tomar partido e imitar una indeseable polarización que radicaliza las posturas y no deja enriquecer la opinión propia con el parecer ajeno. Cunden las etiquetas descalificadoras y el deseable debate brilla por su ausencia, promoviendo radicalismos extremos que apuestan por antagónicas enmiendas a la totalidad. Todo ello se transmite con prolijos detalles a través de las redes y todos los medios de comunicación, que temen perder usuarios o audiencia si no se apuntan a seguir ese vertiginoso ritmo frenético. La diana es dar en el blanco de las emociones más primarias.

Los temas importantes van aparcándose y se procrastinan constantemente para dejar su lugar a discusiones bizantinas más propias de un espectáculo circense o programas de parodia humorística. El esperpento se compadece mucho mejor con la omnipresencia de cosas tales como los “hechos alternativos” o las “trolas des-informativas”. Ese subidón de adrenalina pide siempre más emociones y no se contenta con serios desmentidos que no deberían ser necesarios en circunstancias menos extravagantes. Todo ello genera una desconfianza negativa para con las instituciones y nuestros gestores, muy difícil de remontar. La contienda es muy desigual.

6. Deontología comunicativa

¿Cómo resistirse a la tentación de seguirles el juego, si te dedicas al periodismo? Un revuelo de cámaras y micrófonos rodean a los políticos más conocidos mientras caminan para sacarles cualquier displicencia elusiva de las preguntas. En algunas ocasiones las ruedas de prensa ni siquiera contemplan preguntas, pero tampoco es que se note mucho la diferencia. Otro tanto vale para las entrevistas. Cabe adivinar los titulares antes de que se celebren. Semejante desdén merecería plantones masivos cuando se convoque a los medios y no prestar a sus mantras atención alguna.

El sesgo de cada medio también resulta bastante previsible, salvo honrosas excepciones. Tampoco el ciudadano se toma la molestia de atender lo que dicen la prensa, televisión o radio no afines. Cada cual está muy satisfecho con leer, escuchar o ver aquello que le apetece y espera oír, para reafirmar su parecer. Se hace anatema de lo que puedan decir “los otros”, cuando sería muy provechoso hacerlo. Cualquiera puede argumentar algo mínimamente razonable y atendible, aunque sea por casualidad. La única forma de poder entablar un dialogo es la de mostrarse receptivo y escucharse mutuamente. Los diálogos de sordos tan sólo enquistan las posiciones y enardecen al propio bando.

En esta penosa dialéctica de filias y fobias exacerbadas, donde sólo hay correligionarios o enemigos a batir, nadie gana y perdemos todos a largo plazo. Puede haber cierta rentabilidad para las posturas más extremistas, pero son algo pasajero, tan efímero como la flor de un día. Los daños en cambio sí perduran. Permanece la inercia de las posturas irreconciliables y la inveterada costumbre de culpar siempre al adversario, sin reconocer ningún fallo propio por grueso y escandaloso que sea este. Hay quien se declara orgulloso por haberse convertido en el blanco de maquinaciones ajenas y con eso evita explicar las dudas relativas a su gestión.

A veces la lucha cainita tiene lugar dentro de las propias formaciones políticas, en cuyo seno se dan por buenas las pugnas por el poder y el uso de todas las artimañas imaginables. Quien sale airoso recibe los aplausos unánimes que se dedicaban un segundo antes al oponente caído y en esta selección tan poco natural suelen sobrevivir quienes muestran menos escrúpulos, aunque tampoco faltan ocasiones en que resulta difícil hacer ese tipo de comparaciones, al brillar por su ausencia los miramientos.

7. No instrumentalizar a la ética

Lo peor de todo es que se invoca en vano a la ética por doquier —como se subraya en ¿Banalizamos a la ética? (Aramayo 2021a). Se la utiliza como una suerte de conjuro en una doble dirección. Puede que algo plantee dudas morales, pero es totalmente legal, alegan algunos para blindarse del descubrimiento de sus tropelías. Como si lo inmoral fuese peccata minuta por carecer de pena o sanción legal, cuando el derecho no tiene —o cuando menos no debería tener— otra matriz que la ética. Que algo legal sea injusto chirria por los cuatro costados. La igualdad ante las leyes exige que nadie goce de una inmunidad absoluta o que se pueda fiscalizar a las grandes fortunas como se hace con quienes reciben un parco e insuficiente salario. Los códigos jurídicos van recogiendo con bastante retraso las convicciones morales que van permeando una sociedad.

Aquello que no este contemplado por el código penal o civil no es necesariamente legítimo y la iniquidad tendría que acabar siendo perseguida de oficio incorporándose con el tiempo al corpus jurídico. Por supuesto siempre quedarán resquicios y grietas por las que se cuele lo inicuo. Pero esto no puede ser tolerado desde una perspectiva moral. De hecho —como señaló Javier Muguerza en su debate con Ernesto Garzón Valdés (Muguerza 1998)— hay un tipo de disidencia que sirve para renovar los consensos y ampliar el círculo de los derechos humanos. La obediencia debida tiene sus límites y no debe dar pie a lo que Arendt dio en llamar la banalización del mal —resulta recomendable leer Hannah Arendt: La filosofía frente al mal (Sánchez Madrid, 2021). Eichmann dijo haberse limitado a cumplir instrucciones para validar su eficaz gestión de la solución final.

Por supuesto, no se trata de imponer a nadie la propia convicción, como gustan de hacer aquellos que se oponen a cosas tales como el aborto y la eutanasia. La insumisión del disidente muguerciano busca evitar ser cómplice de una injusticia, confiando en que su postura pueda ser adoptada por quienes lleguen a ver las cosas como él gracias al propio convencimiento. Estamos ante lo que denominó el imperativo de la disidencia, pretendiendo actualizar al mejor Kant. Quien lo aplica no pretende perseguir a nadie y bien al contrario asume las consecuencias negativas que puedan acarrearle sus convicciones. Después de todo, delinear los contornos de la justicia es mucho más complejo que detectar lo flagrantemente injusto. Hay cosas que claman al cielo y son tan obvias que huelga dar ejemplos.

8. Convicciones y responsabilidades

Weber puso el dedo en la llaga cuando distinguió entre convicciones y responsabilidades, como si fueran dos cosas cuyas proporciones no pueden ser homogéneas. Ciertas responsabilidades exigirían un menoscabo de algunas convicciones y estas podrían constituir un lastre para ejercer las primeras. Ahí están las razones de Estado y los documentos clasificados durante décadas para que sólo pueda juzgar la posteridad ciertas actuaciones muy controvertidas. A Kant por el contrario le gustaba imaginar que pudiéramos contar con políticos morales, capaces de conjugar sus responsabilidades y sus convicciones éticas, aunque abunden los moralistas políticos que se sirven de la ética como un barniz para camuflar sus tropelías (Aramayo 2019).

Que deban proliferar las agencias de verificación es tan mala noticia como que lo hagan los códigos éticos. Quizá hubiera que denominarlos deontológicos con mayor propiedad, aunque no se refieran estrictamente a unos deberes profesionales y afecten a los miembros de una corporación o un partido político.

La ética en sentido estricto es cuestión de nuestro fuero interno y ahí es donde cada uno inscribe su respeto a las leyes o criterios morales que decide adoptar e incluso adaptar a unas mudables circunstancias, como son las de la propia evolución y maduración personal. Por eso Kant nos planteó un planteamiento formal de la ética (Kant 2012). Entendía que buscar un principio concreto como la mayor felicidad o lo más útil podía desencadenar antagonismos muy perjudiciales, para cuya regulación está el derecho y las constituciones políticas. En el terreno de la ética le pareció mejor encontrar una fórmula que nos permitiera compulsar la validez universal de nuestras máximas y comprobar si estas pudieran valer en cada caso para cualquiera sin instrumentalizar a nadie.

Comoquiera que sea, la clave de bóveda para una reflexión ética es rendir cuentas, hacerse cargo, responder de lo que uno hace sin descargar esa responsabilidad en las circunstancias o los demás. Podemos mostrarnos comprensivos con los atenuantes ajenos, pero no así con los propios. Al declararnos irresponsables renunciamos a tener un carácter moral y por tanto al rasgo más definitorio de nuestra humana condición. Si nos presentamos como juguetes de un aciago destino y pretextamos que no podíamos haber actuado de otra manera por unas u otras razones, nos estamos mintiendo a nosotros mismos. Otra cosa es que nuestra intencionalidad no se vea coronada por el éxito y la buena voluntad sea vea burlada por una caprichosa fortuna.

Por supuesto siempre se nos pueden colar de rondón motivaciones inadvertidas o inconscientes y nunca podemos llegar a estar completamente seguros de que nuestra intencionalidad ética no esté contaminada por aderezos inesperados, pero en cualquier caso nos corresponde asumir la responsabilidad por nuestras acciones y omisiones. Aquí no valen paliativos para la imputabilidad y declararse irresponsable supone una coartada inadmisible. Cuando nos dejamos tutelar también ejercemos nuestra libertad y renunciar a su ejercicio ulterior no es ninguna eximente.

9. ¿Para qué sirve la filosofía?

Este tipo de reflexiones las aporta la filosofía. Familiarizarnos con su exigencia por cuestionarlo todo no es una panacea que solvente todas nuestras cuitas de un plumazo, pero al menos evita que nos pueda seducir con facilidad la búsqueda de fórmulas mágicas o piedras filosofales que conviertan el plomo en oro, nos hagan más jóvenes e incluso nos procuren la inmortalidad. ¿Acaso querríamos vivir para siempre o mantenernos eternamente jóvenes preocupándonos por amontonar un oro que nos aburriría gastar?

Por muy atractivo que nos parezca un objetivo, conviene comenzar por preguntarse a dónde nos llevaría seguir esa senda en lugar de otra que parezca menos atractiva o más dificultosa. Sin esa brújula podemos pisar terrenos pantanosos y meternos en camisas de once varas.

Ciertamente la filosofía no sirve para nada, salvo para vivir con una mayor plenitud, al invitarnos a preguntar el por qué de las cosas para intentar comprenderlas y asumirlas con pleno conocimiento de causa. Podríamos decir por tanto que vivimos tiempos escasamente filosóficos, a la vista de lo acríticamente que mucha gente asume patrañas muy poco creíbles. Cribar la información que recibimos requiere un esfuerzo y esto es algo que no está en boga. Prima lo instantáneo, aquello que procure una satisfacción inmediata y con el menor esfuerzo posible. Las plataformas audiovisuales nos recomiendan estrenos que sus algoritmos adjudican a nuestros gustos y lo peor es que muchas veces aciertan. Ni siquiera tenemos que preocuparnos por seleccionar una u otra serie. Amazon hace otro tanto con las compras, Google con las búsquedas, Twitter con las noticias y nos acostumbramos a seguir la ruta balizada por los algoritmos que alguien ha programado con una y otra intencionalidad.

Cuán cómodo es que alguien o algo —una Inteligencia Artificial, por ejemplo— “piense” por nosotros, advirtió Kant, al hablarnos de nuestra propensión a infantilizarnos y no querer abandonar lo que denominó una “culpable minoría de edad” (Kant 2013), al decidir delegar el uso de nuestra libertad y pretender hacernos irresponsables por desconfiar de nosotros mismos. Esta tesitura demanda certidumbres indiscutibles que balicen todas nuestras decisiones, al ir formateando nuestra mente y nuestras emociones. Nuestro discernimiento se ve diluido en esas instrucciones que acatamos con toda mansedumbre para evitarnos cavilar por nuestra cuenta y riesgo. Cualquier incertidumbre que ponga en duda esas certezas resultan inadmisibles, porque nos haría revisar ese beatífico estado en el que, al suspender el juicio, nos dejamos llevar por las incuestionables apariencias.

Esta tesitura hace cotizar al alza la irresponsabilidad, toda vez que suscribimos una servidumbre voluntaria y nos dejamos guiar por unos tutores interesados en balizar nuestros derroteros. Como señala Cassirer al estudiar los mitos políticos modernos (Cassirer 2010), asistimos a la reaparición de un pensamiento mágico, al anhelar investir a un caudillo indiscutible con unos poderes extraordinarios que le permitan solucionarlo todo instantáneamente. Los totalitarismos de todo signo que atravesaron el Siglo XX compartían ese culto a su redentor particular, al que prácticamente se divinizaba como hacían los romanos con sus Césares.

En las últimas décadas los populismos emergentes (Sánchez Berrocal 2022) por ambos lados del espectro político hacen otro tanto con sus dirigentes. Desde la caída del Muro de Berlín ese continuamente preterido paraíso proletario al que aspiraba el socialismo real se reveló inalcanzable y lo sustituyó el paradigma de la mentalidad ultra-neoliberal, donde los más competitivos pueden llegar a sobresalir dejando en la cuneta lo que haga falta para lograr sus objetivos, sin reparar en los daños directos o colaterales que conlleve su estrategia. Después de todo los ganadores no pueden considerar sus homólogos a quienes pierden la partida y se merecen por ende vivir en la miseria, mientras ellos acaparan bienes y recursos. Lo llamativo es que también los perdedores hacen suyas estas reglas de juego, como testimonian las condiciones vitales de quienes deciden votar a Trump o cualquiera de sus franquicias internacionales.

Estos colectivos acostumbran a ser los más vulnerables en términos epistémicos y las nuevas tecnologías permiten concentrar personalizados mensajes de propaganda en aquellos votos que resultan decisivos para inclinar la balanza hacia uno u otro lado. En las campañas electorales no se presentan resultados de una gestión y tampoco sirven para explicar los programas a desarrollar en caso de formar gobierno. Se cuenta con una bolsa de votantes fieles que seguirán ahí pese a todo, al margen de los escándalos estructurales que puedan salpicar a una formación política. Por eso se concentran en descalificar al adversario para desmovilizar a sus adeptos. Esto perjudica más a las fuerzas progresistas, cuyo votante suele ser más exigente con sus propios colores y es más propenso a regatear su voto.

Por otra parte, las nuevas generaciones ven cómo se les ha birlado su futuro. No sólo en lo tocante a la supervivencia del planeta, pese al activismo desplegado por los más jóvenes. Tampoco se cuenta cabalmente con ellos al afrontar las crisis que van concatenándose desde 2008 hasta la inflación del actual conflicto bélico ucraniano, pasando por una inesperada pandemia. ¿Qué pueden pensar por ejemplo del sistema de pensiones, cuando sólo muy pocos podrán cumplir con tantos años cotizados dada la inquietante precariedad que define al mercado laboral? Unos empleos muy mal remunerados no les dejan hacer planes y la dependencia familiar hace que la emancipación quede preterida hasta edades muy avanzadas. Para colmo ven cómo algunos aprovechan penosas circunstancias para obtener comisiones millonarias equivalentes a la remuneración de varias vidas laborales con un ridículo salario mínimo.

10. Una polarización disfuncional

Este contexto socio-económico es ideal para que se radicalicen las posiciones y una maniquea polarización (Aramayo 2020) impida el diálogo social, trocándolo en un aberrante cruce de acusaciones que sólo sirven para caldear el ya enrarecido ambiente político. La violencia verbal suele alentar otro tipo de violencias y una vez abierta la caja de los truenos es muy complicado volver a cerrarla.

Como no hay soluciones milagrosas, además de tomar medidas urgentes para paliar desigualdades tan extremas y reconducir la convivencia, hay que repensar el modelo social y afrontar los nuevos desafíos que se nos plantean. La educación y una polimórfica pedagogía social son las obvias piedras angulares del nuevo edificio. Sería un error acomodar los planes educativos públicos a las efímeras demandas del volátil mercado laboral. En este sentido las humanidades deberían jugar un papel primordial. Sin ir más lejos, la filosofía y la ética deberían ser materias transversales en todos los ciclos formativos, al margen de la especialidad elegida.

Por supuesto, filosofía y ética no sirven para nada en absoluto, si queremos apostar por un modelo donde sólo haya emprendedores que miren únicamente por sus intereses y sólo aspiren a maximizar sus beneficios, como si les fuera la vida en ello. Para conseguir esa meta pueden ser disciplinas harto desaconsejables. Otra cosa es que nos interese instruir a ciudadanos empáticos y solidarios, cuyas prioridades no sean rendir un exacerbado culto al dinero y las inescrutables reglas de la macroeconomía, preparándolos más bien para vivir con una mayor plenitud, al prepararse para intentar comprender y analizar cualquier problema o interrogante.

11. El papel de las humanidades

El dominio de la lengua vernácula y esa familiaridad con la etimología que dan las lenguas clásicas, facilitará el estudio de otros idiomas y permitirá el acceso a los grandes tesoros del patrimonio cultural e histórico de la humanidad. Tener nociones de antropología o psicología, estudiar de modo comparativo los fenómenos religiosos y musicales, jugar al ajedrez, leer a los grandes clásicos de la literatura y del pensamiento, etcétera, nos diferenciará de una Inteligencia Artificial cuya misión es hacer complejos cálculos, pero que no necesita ni tampoco puede tener una educación sentimental.

Los medios de comunicación también resultan vitales. El modo de seleccionar y tratar las noticias, las programaciones radiofónicas y televisivas también son cruciales, cuando menos en el ámbito público. Paralelamente habría que colonizar con productos de cierta calidad los nuevos medios. Volcar diccionarios y debates de altura en YouTube, para que se diversifique su oferta. Todas las expresiones del movimiento negacionista se han mostrado muy eficaz en manejar las redes sociales.

No se trata de repudiar los avances tecnológicos y demonizarlos, entonando un retorno a la naturaleza como se dice —sin ser cierto— que hizo Rousseau. Pero tampoco podemos dejarnos cautivar por sus encantos y quedar seducidos por sus cantos de sirena. El tiempo que dedicamos a estar delante de una u otra pantalla es muchas veces desproporcionado y eso nos priva de cosas tan básicas como dedicarnos más tiempo a nosotros mismos o compartirlo en persona con quienes queremos hacerlo. Nos pasamos buena parte del día rellenando absurdas aplicaciones a las cuales debemos demostrar para colmo que no somos un robot, aunque tales prácticas nos hagan sentirnos un poco robotizados. A este paso habrá que sustituir el test de Turing por otro destinado a calibrar nuestra humanidad (Aramayo 2022).

12. La sana incertidumbre filosófica como antídoto para las desconfianzas e irresponsabilidades patológicas

Como queremos certezas perennes e instantáneas, desconfiamos de todos y de todo. Al igual que la incertidumbre, otro de nuestros rasgos más humanos es justamente la confianza y asimismo la responsabilidad. Sin ellos nos deshumanizamos.

Por mucho que nos empeñemos, afortunadamente no podemos pretender adivinar el futuro. Para reciclar nuestras expectativas nos vamos a dormir, para despertarnos con el siguiente amanecer sin saber exactamente lo que nos deparará ese nuevo día. Los estudios genéticos pueden ayudarnos a diagnosticar enfermedades graves precozmente, pero es muy buena cosa desconocer cuándo llegará nuestra fecha definitiva de caducidad. El sagaz Ulises renunció a la inmortalidad y una eterna juventud, como nos recuerda Emilio Lledó alabando su decisión (Lledó 2021). El no conocer con exactitud los desenlaces es lo que nos hace atractivo vivir y abrigar o desestimar proyectos de todo tipo. Las cuatro estaciones climáticas nos hacen descubrir nuevas perspectivas en los caminos tantas veces recorridos, porque lo diferentes que son la luz y los colores del paisaje, tal como las edades de la vida hacen otro tanto en el itinerario biográfico de cada cual, al cambiar nuestra mirada sobre acontecimientos muy similares, porque nuestro bagaje nos hace ver las cosas de otro modo.

La filosofía es uno de los pilares del patrimonio cultural que nos configura como seres humanos, es decir, como ese animal simbólico que no sólo habita un entorno natural, sino también el complejo entramado de sus hallazgos científicos y creaciones artísticas. Filosofía y ética son unos nutrientes fundamentales para una dieta mediterránea cultural. El símil tiene su miga, si tenemos en cuenta que la dieta mediterránea no es únicamente una pauta nutricional tan sabrosa como saludable. También denota un estilo de vida equilibrado que se caracteriza por seleccionar y compartir con fruición los alimentos.

Una óptica filosófica se caracteriza por escudriñar con calma las complejas dimensiones de cualquier asunto, sin apresurarse a sancionar hipótesis que deben ser contrastadas intersubjetivamente y son continuamente revisables. A la ética le preocupa cómo podemos darnos a nosotros mismos reglas que hagan más colaborativa y pacífica nuestra convivencia, con el fin de que cada cual pueda perseguir sus propósitos e intereses evitando causar daños ajenos en esa búsqueda.

Cultivar la filosofía y la ética sólo sirve para vivir de un modo autónomo con mayor plenitud, sin encomendarnos a la búsqueda de salvadores que nos ofrezcan ilusorias panaceas o tentadoras piedras filosofales destinadas a no aceptar nuestras benditas limitaciones, cuya fragilidad nos hace cultivar una fecunda y tonificante interdependencia. El embrujo de los taumaturgos queda desactivado con el antídoto del espíritu crítico.

Con esas herramientas podemos intentar algo decisivo que no resulta sencillo. No dejarnos llevar por las inercias y remar contracorriente de las modas, con el fin de cambiar nuestras costumbres (Aramayo 2021), de ir modelando y remodelando nuestros hábitos con arreglo a un criterio propio que no esté dictado por tutores paternalistas o intrusivos algoritmos. Cambiando ese paisaje humano, podrían cambiarse muchas cosas y desactivarse por ejemplo la nociva influencia de una tóxica desinformación. Se trata de tomar las riendas y asumir nuestra intransferible responsabilidad confiando en los magníficos réditos que nos granjea una sana incertidumbre.

Nosotros mismos debemos escribir las páginas de nuestra historia colectiva, redactando entre todos una filosofía de la historia regida por como debieran ser las cosas o, cuando menos, cómo no deberían volver a ser jamás —por glosar una de las tesis de Concha Roldán en su Casandra y Clío (Roldán 2005, 16)

Bibliografía

Aramayo, Roberto (2019), The Chimera of the Philosopher King, Madrid, Almanda-CTKEBooks: https://digital.csic.es/bitstream/10261/236558/1/THE-CHIMERA-OF-THE-PHILOSOPHER-KING.pdf

Aramayo, Roberto (2020), “Los estragos culturales del maniqueísmo social y el sectarismo político”, The conversation 16.10.2020: https://theconversation.com/los-estragos-culturales-del-maniqueismo-social-y-el-sectarismo-politico-147732

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